El tiempo ha hecho mella, sin duda. La piedra, ennegrecida en sus aristas más visibles, ha sufrido el desgaste del correr de la vida y de la humedad del olvido. Pero sigue en pie.

He vivido sin ser consciente de su presencia muchos años. Hoy, al abrazarnos, en un rincón insólito de mi corazón, la descubrí de nuevo. Allí estaba. Rodeada de frondosos recuerdos, escondida en la profundidad, orgullosa de su belleza atemporal. Emocionado, pude recorrer sus esquinas, contemplar detalles ya olvidados, admirar su consistencia, ¡asombrarme de la fuerza de sus cimientos!

Hoy, al abrazarnos, tantos años después, fui llevado por las minas últimas de mi ser hasta aquello que un día tú y yo contruimos.

Cógeme de la mano y ven. Quiero volver a recorrer sus estancias contigo, otra vez. Siempre.

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