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Cuando era niño pensaba que no había nada más aburrido que la paz. Me pasaba las tardes corriendo, jugando, montando campamentos en el salón de casa, disparando a enemigos imaginarios, retando a los grandes superhéroes del momento, escapándome de la mano de mamá durante los paseos de domingo…

En mi juventud, la paz era sinónimo de vacaciones, de sofás en los que tirarme, de fines de semana sin mis padres, de escapadas a montes perdidos y rincones solitarios con mi novia o mis amigos… Saboreaba la paz de un buen retiro, de un jugoso silencio… y me escapaba de la gran ciudad para conquistar ese bien preciado y escaso.

Luego llegó la adulta madurez y el sueño por pasar unos días sin los niños, sin gritos en casa, sin carreras, sin peleas, sin trajines del día a día. La paz era un tesoro prácticamente imaginario e inaccesible, un sueño, una quimera. Estrés, preocupaciones, facturas por pagar, hipotecas pendientes… ¿Dónde se escondía la paz? ¡¿Dónde?!

Hoy, a mis 74 años, miro atrás divertido y me río de todo aquello mientras vivo mi vejez con intensa plenitud. Contemplo el camino recorrido y me recreo en cada recuerdo, en cada renglón de mi historia. Y me reconozco en el relato. Siempre he sido yo. Hoy, también. Y me descubro en paz. Ha llegado sin hacer ruido y ya para quedarse.

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