profeta
 
Artista: Pablo Gargallo
Título: El gran profeta
Fecha: 1933
Medio: escultura metálica de hierro
Dimensiones: 235 cm altura
Ubicación actual: Museo Nacional Centro de Arte “Reina Sofía” (aunque existen 7 copias numeradas)

 

La mayoría de la gente entiende la escultura como el arte de hacer de un volumen algo bello. Gargallo, con el gran profeta, consiguió justo lo contario, el vacío y el hueco tienen la misma importancia que el volumen. La obra se compone de láminas que se retuercen y se curvan entre sí. Lo importante no es el bloque modelando, sino lo que hay y lo que no hay. En la escultura tradicional la luz incide en la superficie creando las sombras que nos permiten apreciar el volumen, en esta ocasión la luz entra en el juego de la escultura formando parte de ella.

 

La figura por si misma adquiere un carácter imponente, no sólo por las dimensiones, 235 cm de altura, sino por la actitud del personaje, con la boca abierta, el brazo levantado y el bastón de su mano. Es un orador que se encuentra en el momento culmen de su discurso, con gesto tenso y hablando con autoridad. Los elementos que le acompañan, la piel sobre el cuerpo desnudo y el bastón nos hablan también de lo que el personaje es, un profeta, a la vez que nos muestra su sencillez de vida.

Pero lo importante de esta obra es la experiencia de unir el exterior con el interior y llega a su máxima expresión cuando nos colocamos delante de la obra. El aire entra a través de la chapa y la llena de luz, construyendo el volumen en negativo. La luz y el aire forman parte de la obra, lo que no se ve es lo que realmente le da fuerza. Justamente igual que la vida de un profeta, sabe que él habla pero lo importante no es él mismo, sino aquel por quien dice las cosas. El artista ha conseguido  plasmar esta idea de estar conectado a lo divino como nunca nadie lo había hecho antes. El aire y la luz se convierten así en Dios que es quien da fuerza a la acción del profeta y sentido a su palabra.

 

En la Palabra de Dios

Consolad, consolad a mi pueblo-dice vuestro Dios-;
hablad al corazón de Jerusalén, gritadle,
que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen,
pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados».

Una voz grita:
«En el desierto preparadle un camino al Señor;
allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios;
que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen,
que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale.
Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos
-ha hablado la boca del Señor-«. (Is 40, 1-5)

 

Orar con este texto de Isaías, que después hará suyo Juan el Buatista mientras contemplamos la escultura de Gargallo puede ayudarnos a profundizar y amplificar las palabras que se dicen.

El profeta Isaías en este cántico se dirige a un pueblo que está en el exilio, han sido deportados. Juan el Buatista se dirigirá con las mimas palabras a aquellos que viven bajo la opresión de Roma y esperan un Mesías. En ambos momentos la situación política es complicada, pero lo importante es confiar en el Señor que es realmente el dueño de la Historia y en él reside nuestra esperanza y nuestra salvación. Preparad el camino al Señor es dejar un hueco en nuestra vida a Dios en medio de una cultura que lo silencia, lo anula, es dejar a Dios ser el dueño de nuestra propia vida. Como en el caso de la escultura es dejar llenarnos de lo invisible para que nuestra acción y nuestra palabra resuene con más fuerza.

 

  • ¿Estamos dispuestos a ser profetas en medio de un mundo que no quiere oír a Dios?
  • ¿Estamos dispuestos a dejarnos llenar por Dios que es quién da el sentido último a nuestra vida?

 

El mundo está necesitado de profetas que rompan esquemas y moldes.

 

publicado en misión joven en abril de 2013

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