Son las 3 AM y mi cabeza no deja de dar vueltas. Estoy solo, en un silla de la sala de espera del paritorio, esperando. Llevo siendo padre nueve meses pero hoy es la primera vez que nos vamos a ver las caras. Ella está dentro, fuerte como siempre. No sé nada desde hace 5 minutos e intento calmar mis nervios. Muy difícil. No es preocupación sino la necesidad de vivir este momento con la intensidad que se merece.

 

Las circunstancias han querido que no pueda acompañarla y, por un lado, doy gracias por ello. Esta soledad es dura pero ¡tan necesaria! Están siendo minutos de una profundidad indescriptible, de un encuentro profundo conmigo y con el mismo Dios que hoy, de nuevo, se hace carne y habitará entre nosotros.

 

Ya se oyen lloros. Ya está aquí. Trago saliva. La intensidad ahoga a la ligera alegría. Es profundo, mucho más profundo. Adentro. Mucho más adentro. Me siento el hombre más bendecido y amado del mundo.

 

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